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OPINIÓN | ¡Se van como volando!

Las noticias de la muerte peregrinan sin permiso ni horario en Iquitos
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Las noticias de la muerte peregrinan sin permiso ni horario en Iquitos. No puedo concentrarme en digerir la noticia de un bombero que conocíamos cuando aparece el epitafio amical que le hacen en redes a un funcionario de un municipio, al instante se convierte en trending topic en el trópico amazónico el deceso de otro gerente y la suma de los anónimos siguen rotulándose en una interminable cadena que solo tiene comparación en tiempos de guerra y es que, cómo no lo queríamos aceptar, estamos ante una de ellas que está devastando – o intenta - sin parangón  a todo un pueblo.

La nube digital es un verdadero cementerio en Iquitos. Hoy me enteré que se fue también como volando Antonio Valles Ramírez, el profesor de educación artística del Rosa Agustina, donde trabajé muchos años en la “Isla Bonita”. Conocí a “Toño” por el año 2000 cuando llegué al colegio de las pomarrosas de la Av. Putumayo. Tenía una elegancia al vestir que se afirmaba cuando hablaba con tono suave, lento y sereno de Policía de la Guardia Civil. Siempre con su cabello ordenado y corte a la izquierda como su discurso sobre los problemas de la educación y sus interminables chistes sexuales que compartíamos en esas intensas tardes de lluvia caliente.

Docente Antonio Valles Ramírez

Horas antes había fallecido la profesora de inglés, Ida Ríos Vargas, en la misma agonía de esta pandemia y ante el asombro y la confusión por la muerte que aparece desde todos los puntos cardinales, solo se atina colgar entre el magisterio una frase tan presente en estos tiempos: ¡cuando un maestro muere, nunca muere! Mientras esto sucede en un rincón de la ciudad, la gente se desespera y solo atina a buscar desesperadamente hidroxacloroquina y balones de oxígeno para intentar frenar particularmente los designios del mal y más aún los olvidos y delitos de la burocracia.

Es esa indolencia que también ha pasado a un segundo plano. Todos en Loreto, como sucede en el país, han identificado a los responsables en mayor y menor medida de lo que está sucediendo, pero no hay tiempo para cargar con un muerto político cuando tienes cadáveres o moribundos reales que atender en casa. La información inicial daba cuenta que la temperatura elevada era un espacio contrario para el COVID-19, sin embargo, la estadística en Loreto y otras zonas del Perú nos está desmintiendo, nadie conoce al virus realmente y tampoco el pronóstico y el tiempo de su devastación.

En una región inmensa y hasta desconocida para la burocracia estatal formal y donde la pobreza es notable solo queda esperar que los anticuerpos reaccionen al coronavirus, pero da la impresión que la indisciplina y la lejanía de la región alimentan las noticias del conteo de muertos. Mientras esto sucede hay otra docente en las malas noticias. Patricia Sánchez Gutiérrez  ingresa a UCI del Hospital Apoyo Iquitos requiriendo Tocilizumab y Bolsa de Alimentación Enteral, cada ampolla a 2 mil 258 soles y solo la venden en la clínica adventista Ana Stahl que acaba de cerrar por el colapso del sistema de salud en la Amazonía. Ya no solo es el precio sino la desesperanza que diezma a las familias.

Por todos lados uno puede encontrar súplicas virtuales con emoticones de ruego real para poder obtener los balones de oxígeno. En los últimos días estos cuestan hasta 3800 soles si la entrega es inmediata. “En mi ciudad se están muriendo por falta de oxígeno. ¡Ayúdennos por favor!”, le contó Carmen L.A. una integrante del Comité de Damas del Colegio Sagrado Corazón a Zintia Fernández del diario Pro Y Contra y Wayka.

En medio de tanta desgracia el periodista Darwin Paniagua cuelga la dirección en la Av. Navarro Cauper donde un empresario llena gratuitamente los balones, se forman inmensas colas por este compuesto de dioxígeno u oxígeno molecular en balones de presión a gas, pero ya sabemos que el tiempo de espera es lo que menos tenemos ante la batalla contra el virus. Además, este esfuerzo por más encomiable que sea no cumple con normas oficiales y hasta “puede matar gente” dice Carlos Calampa, reciente Director del Hospital Regional de Loreto de Salud que representa este fenómeno nacional de parchar con nuevas designaciones la mediocridad e ineficiencia. Lo recuerda la periodista Carolina Arredondo que se gasta en levantar la voz e intenta llorar ante tanta desesperación. “La gente se muere en la cola del seguro” espeta cansada.

Parece que se trata de una broma que en la región con mayor producción de oxígeno del mundo (si ya sé, es otro oxígeno), no se pueda producir lo mínimo que requiere la Amazonía. En El hospital Covid los pasillos de atención administrativa están abarrotados de pacientes sin familiares que puedan ir a verlos, esperando la muerte que no va a tardar en llegar, talvez hoy a lo mucho mañana. El periodista Jaime Vázquez que por estos días emite su programa televisivo en doble horario en su intento de poner en agenda esta realidad ríe, para no llorar, informando que a la región le faltan 200 mil soles para reparar la máquina que procesa este elemento.

La incertidumbre se generaliza, la desesperación es cotidiana y los programas de asistencia del gobierno solo arremolinan gente todos los días para el argumento y la crítica de los ignorantes de la farándula de la televisión nacional de la realidad cultural y diversa de la Amazonía. Los “charapas” se nos están muriendo sin compasión y aunque esta misma muerte ronda y vuela por todos lados del país, las características de lo que está sucediendo en esta zona nos acongojan de sobremanera. Sus hombres y mujeres seguramente para encontrar en algún momento la comprensión y justicia que no han encontrado en este mundo occidental se van y se irán volando por ese arcoíris Uitoto de Rember Yahuarcani.

hectortintayaferia@gmail.com

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